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domingo, 25 de julio de 2010

Voces del horizonte



Necesito esta voz que llega desde el horizonte,
puedo escucharla como viento desgarrando la piel.
Hoy volví a escuchar su relato, mezclaba sonidos de puna
con acordes de bandoneón, escalaba por el aire hasta el
techo andino, y desde allí bajaba por el Amazonas hasta el
Atlántico, rezaba en una lengua común que no todos podemos
comprender, algo como un lenguaje de sonidos tropicales y sureños.
Dice, que lo que está unido por la Pachamama
debe permanecer así para siempre,
ese fue el mensaje de sus ancestros.
¿En qué lugar del trayecto se perdió esa cohesión
de los habitantes originarios de esta tierra?
Hay un lazo perfecto e invisible en la música de Jobim,
en los sonidos de la quena andina,
en el sonido araucano del cultrún,
y así a lo largo de toda América.
En sus animales vive esa misma voz que no parece humana,
voz que transmite a los espíritus,
un silencio de ecos y murmullos,
bajo las piedras del Inca en Machu Picchu
y también en medio del hielo de los glaciares del Sur.
¿Por qué no puedo escucharla?

Encontré a una anciana con su espalda encorvada,
mirando hacia una pared donde había un televisor encendido,
pero aunque ella miraba hacia ahí, parecía no verlo.
Sus cabellos eran completamente blancos
y la mirada permanecia en su juventud añorada.
Ella sin embargo la había escuchado, pero no lo recordaba.
Una mañana habló con el enfermero y le preguntó
por Arandú, la sorpresa fue grande, hacía dos años
que Leila no hablaba con una persona,
mucho menos pudiendo sostener la mirada.
Volvió a repetir su pregunta.

- ¿Dónde está Arandú? ¿Quién fue con él?
Ella se levantó, tomó su bastón y se dirigió hacia
la puerta de calle, pidió que trajeran su caballo.
- No, Leila no es hora de que te vayas.
Siguió insistiendo en que tenía que avisarle algo a Arandú.
- Ya va a volver. Podes esperarlo ahí, en cuanto llegue
te vamos a avisar.
Dio unos pasos más y se tropezó,
al caer un grito agudo y tembloroso avisó.
- Vienen por nosotros. Su Dios no es nuestro Dios,
su mentira es cierta, no quieren dar sino quitar.
No les crean, avísenles a todos. Escóndanse, huyan
vayan por sus mujeres y niños.

Leila siguió hablando en un dialecto que no entendieron
sus médicos. En la operación por la reconstrucción de su cadera
Leila dejó esta tierra.
Ahora se la ve bailando con las madres en el
Templo del Sol.

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